Mucho se ha dicho sobre las diversas transformaciones que la noción de Nombre del Padre ha sufrido en la enseñanza de Lacan. En esta contribución al Seminario del Consejo habremos de detenernos en sólo una de ellas, presentada por Lacan en los años setenta bajo las coordenadas de lo que conocemos como su última axiomática, aquella que partiendo de la premisa «No hay relación sexual», deduce: «Hay de lo uno» (II y a de l’Un).
Su cambio de perspectiva en estos años sobre las nociones de lenguaje, inconsciente, sujeto, goce, síntoma… son tributarias de esta nueva premisa que justifica el renovado interés de Lacan por las matemáticas, la lógica y la topología, y que recae, en un momento dado, sobre las investigaciones de Frege y de Peano consagradas a los fundamentos de la aritmética.
La pregunta con la que Frege abre los Fundamentos de la aritmética: «¿qué es el número uno?», sin duda no podía dejar indiferente a Lacan que desde muy joven recomendaba la lectura del Parménides de Platón, por hallarse allí la culminación de la reflexión platónica sobre el Uno y el Ser. Leemos en la clase del 21/6/71 del Seminario XIX: …ou pire (inédito): «Lo que ordena —esto es lo que he intentado enseñarles en primer lugar este año, bajo el título de «hay de lo uno»—, lo que ordena es el Uno. El Uno hace el Ser. Les he rogado que consulten en Parménides; quizás algunos hayan obedecido. El Uno hace el Ser como lo histérico hace al hombre. Evidentemente este Ser que hace el Uno, no es el ser, hace el Ser».
Sólo estas frases merecerían una exégesis para la que no sólo no estamos preparados, sino que nos llevaría por unos derroteros que no son los de este trabajo. Sirva simplemente esta cita de Lacan para dar una dimensión de hasta qué punto el discurso analítico por él cernido y formalizado, renueva en nuestro tiempo el pensamiento sobre el ser. Hay, en efecto, en el Parménides, como lo subraya Jacques-Alain Miller, una anticipación del lugar que Lacan le otorga a Lo Uno en el psicoanálisis. Hay de lo uno (Il y a de l’Un), es la traducción lacaniana en la lengua francesa de la segunda hipótesis del Parménides —»Lo Uno es»—, que no es sino, en definitiva, un juicio de existencia, donde el Uno se torna susceptible de cualquier predicado.
Desde esta perspectiva que se inaugura en los setenta, una de las referencias de las que se sirve Lacan para proseguir con su discernimiento de la función paterna, es la argumentación de Frege en su propósito de demostrar el fundamento lógico de la serie de los números naturales. En la lección del 3 de marzo de 1971 del Seminario XVIII: De un discurso que no seria semblante (inédito), la función paterna es asimilada a la función del cero en la serie de los números naturales.
Recordemos muy sumariamente el procedimiento llevado a cabo por Frege, con el que da cuenta de porqué progresa la serie de los números naturales. Su razonamiento revela que dicha progresión se debe a una propiedad transferible de n, a (n + 1), equivalente a la que se transmite del 0 al 1.
La demostración apela a tres categorías: concepto, objeto y número; y a dos relaciones: asignación y subsunción. Un concepto es una suma de características determinantes que describen las propiedades de los objetos que el concepto subsume. Es decir, que un concepto sólo se define y adquiere existencia en la relación de subsunción que mantiene con el objeto subsumido. Recíprocamente, un objeto sólo existe porque queda subsumído por un concepto, sin que ninguna otra determinación concurra a su existencia lógica.
A su vez, el objeto se diferencia de la cosa, en la consideración de Frege, la cual se localiza en el espacio y el tiempo. La cosa queda sustituida, pues, por el objeto, en la medida en que el objeto es «la cosa en tanto que una», lo que implica, entonces, la caída de la cosa, de esta manera la cosa queda transformada en objeto del concepto, siendo el número, la extensión del concepto. En esta sustitución de la cosa por el objeto surge la dimensión lógica.
Por ejemplo, sea el concepto «hermano mayor», luego estarán los objetos que quedarán subsumidos en dicho concepto por tener esa propiedad, y esa será su extensión. La extensión de un concepto podrá ser vacía o no vacía, según tenga o no objetos que el concepto subsume.
Siguiendo a Frege: sea el concepto no idéntico a sí mismo, como no existe ningún objeto que tenga esta propiedad porque la lógica se sostiene en el principio de identidad, la extensión de este concepto es vacía, luego le asignarnos el número cero. Como el objeto no idéntico a sí mismo falta, no existe, el número cero viene a inscribir esa falta de objeto. Pero al escribir cero, la falta de objeto queda conceptualizada. Donde falta un objeto imposible, se escribe el número de la falta de objeto y ese resultado es el objeto lógico mismo.
Continuarnos con su razonamiento. Sea el concepto número cero, éste subsume al objeto cero; le asignamos el número uno. Sea el concepto número uno, éste subsume al objeto número uno; le asignamos el número dos.Y así sucesivamente… En este procedimiento lógico la falta se nombra cero y se cuenta como uno, luego el uno es contado como dos, etc., etc., hallando así el fundamento de la serie de los números naturales, que escribimos: ( n + 1), y que viene a designar la operación del sucesor.
En el excelente libro de Jean-Claude Maleval titulado La forclusión del Nombre del Padre 1 podernos leer «Si recordarnos la numeración añadida a las representaciones más típicas de la paternidad a saber, los reyes y los papas— podemos formarnos una primera intuición sumaria de la equivalencia lógica entre la función del padre y la del cero en la axiomática. Cada uno de ellos recibe su poder, no del primero de los Luises o de los Gregorios, sino de Dios, que funda el linaje y que cuenta corno 0. En el (n + 1) que rige la serie de los monarcas, la n inicial se ha de reducir a 0, verificando la intuición freudiana de acuerdo con la cual el Padre simbólico no es mas que el Padre muerto».
Maleval nos recuerda de inmediato una observación de Lacan en la lección del Seminario XVIII antes citada 2, que las madres funcionan de acuerdo con una lógica distinta, que no hay ninguna duda sobre quién es la madre, ni sobre quién es la madre de la madre, siendo lo esencial del linaje materno el que no tenga punto de partida, que «por mucho que necesite estar en orden, es imposible hacerlo empezar en ninguna parte».
Esta equivalencia lógica entre el Nombre del Padre y la función del cero, pone de relieve la función de la nominación, es decir, que la propiedad esencial del padre consiste en no-Nombrar (n’hommer) 3, porque, continúa Maleval «Nada del ser se puede aprehender salvo con la condición de que sea captado por el Uno (…) El Nombre del Padre constituye aquello mediante lo cual se introduce una función de nominación, recapitula lo que viene antes en la serie, anuda la estructura del sujeto y marca un orden en lo real. Aunque no sea el ser, lo que rige, es lo que hace el ser». 4
Es precisamente en la psicosis donde esta construcción puede ser clínicamente corroborada, puesto que es la presencia del significante del Nombre del Padre en la cadena lo que permite el «capitonado», si se permite esta expresión un tanto neológica, de la significación.
En el hilo de esta argumentación es congruente plantear la equivalencia entre el Nombre del Padre y el materna de la falta en el Otro (S de A tachado), por ser esta falta la que asegura el ordenamiento de la cadena. Así pues, la forclusión del Nombre del Padre ha de conllevar la carencia de un principio regulador de la cadena significante, corno observarnos de manera muy manifiesta, en los fenómenos de fragmentación de la palabra esquizofrénica.
- J.-C. Maleval: La forclusión del Nombre del Padre. El concepto y su clínica. Ediciones Paidós. Campo Freudiano 12. Buenos Aires 2002, pags. 105-106.
- J. Lacan: Seminario XVIII. De un discurso que no sería semblante, (inédito)
- Neologismo empleado por Lacan en el Seminario XIX:…o peor (…ou pire), en el que juega con la homofonía entre nombrar (nommer) y hombre (homme).
- J.-C. Maleval: op. cit., págs. 107-108.
