El superyó implica el modo en el que en el psicoanálisis se evidencia la división del sujeto, que es constitutiva de la experiencia psicoanalítica en sí misma.
Cuando Lacan señala que hay una ética del psicoanálisis, no es porque sea una moral superior a otras, sino que la pone en relación con el hecho de que, frente a toda la búsqueda del bien de las éticas tradicionales, el psicoanálisis en su experiencia comprueba que el sujeto no quiere su propio bien. Es entonces una ética diferente a todas las anteriores de la tradición occidental, porque esta no remite al bien del sujeto, sino a aquello en lo que el sujeto es «su peor enemigo», al odio de sí. Remite a su propia división.
Esta es la paradoja del superyó, el sujeto está apegado a algo que no le hace bien. Freud abre todo un campo conceptual nuevo para dar cuenta de esta dimensión de la praxis, que se inicia con la pulsión de muerte, sigue con el superyó tal como lo plantea Miller «la pulsión tal como emerge en su texto, es la pulsión del superyó», y prosigue con el masoquismo primordial, esta última nominación de la adhesividad del sujeto a aquello que le hace mal…

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