En «El psicoanálisis desnudado por su soltero», Jacques-Alain Miller evoca el «goce después de la muerte […] representado a menudo mediante esqueletos inquietos que vienen a atrapar a los vivos en medio de sus ocupaciones y asuntos cotidianos». Este goce después de la muerte no es el que se ve en la experiencia de la pesadilla donde se exhorta a demonios y fantasmas, a vampiros, y a otras encarnaciones aterradoras inmortalizadas por el pintor Füssli, en 1782, en su cuadro titulado The Nightmare. Allí, todos los ingredientes del «dolor exquisito», hasta su sarcasmo, están representados: la durmiente con el cuerpo abandonado, casi lasciva, pálida como el mármol, el íncubo negro y peludo sentado sobre su pecho, mientras que en la esquina se encuentra una yegua de ojos vacíos y saltones. Su presencia juega con el equívoco en night mare, o sea, entre pesadilla y yegua nocturna. De hecho, en la larga historia de los relatos de sueños aterradores, la yegua tiene todo su lugar: la monografía que Ernest Jones ha reservado a la pesadilla da testimonio de ello. Si el sueño es, como decía Freud, el guardián del dormir, y el durmiente se encuentra en él como en casa, como preservado de los tormentos del goce, cuando surge la pesadilla, es esta última la que vuelve y rompe el dique del sueño hasta el límite del despertar…
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