Hacia 1975, año de su gira por varias universidades norteamericanas, Lacan escribe una extensa carta a un joven etnólogo en la que afirma que «hay en la lengua tanta acumulación de experiencia, que no hay goce que no se entreteja con ella, incluso el [goce] de la vida».1 Esta sorprendente aserción suscita al menos tres preguntas: ¿cómo se acumula experiencia en una lengua?, ¿de qué manera se entretejen en esta los diversos goces?, y ¿cómo podría hacerlo, en particular, el goce de la vida, que es ajeno a lo simbólico? Además, inclina a pensar que, aparte de la repetición que tiene lugar en cada cuerpo hablante y sexuado, puede existir otra modalidad de repetición vinculada a colecciones de tales cuerpos, siempre que estos pertenezcan a una misma comuni-dad lingüística. Varios planteos hechos por Lacan en esa época también lo sugieren. Vale la pena, entonces, poner en serie tales planteos para calibrar el estatus conceptual de esta poco explorada noción.

Uno de estos planteos es el que se desprende de «El atolondradicho», publicado un par de años antes de la carta mencionada. En este escrito, luego de afirmar que el inconsciente «está sujeto al equívoco con que cada [lengua] se distingue» (algo que bien habría podido ser aseverado por Freud), Lacan agrega que una lengua es «la integral de los equívocos que de su historia persisten en ella» y que tal es «la veta en la que lo real […] de que no hay relación sexual ha depositado su sedimento [dépôt] en el curso de los siglos».2 Dado que una integral es una gran suma de pequeños elementos, en el caso de la lengua los elementos han de ser, según esta definición, unos equívocos persistentes que forman el sedimento ancestral de la no-relación sexual…

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