Partimos de la diferencia lacaniana entre el deseo y el goce. El deseo es finito y se basa en una prohibición; en francés interdit, que nos lleva a lo dicho entre líneas. El fantasma lo limita, en tanto que crea el borde de la transgresión y abre la puerta a aquello que se repite. Lo real queda oculto; llegado el caso, resuena en el amor. El deseo es dialéctico, implica al Otro: el objeto del deseo es el deseo del Otro. La repetición nos da (incluso a los analistas) la confianza de que estamos en el camino del deseo, en el trazo que dirige. Dicho de otro modo, la repetición nos permite pasar de la tukhé, la casualidad, la contingencia, al automaton, que puede ser el de alguna causalidad, o de cualquier tipo de necesidad lógica. Entre ambos se juega la interpretación. El deseo se fundamenta en el ser, fundamento del amor, pero en tanto que el ser está en falta. Manque à être, falta ser, que el admirado Tomás Segovia tradujo «falta en ser», sustantivando el verbo. Más que un ser en el que falta algo, es un ser que aún no está, o para usar un término de Baltasar Gracián que nunca estará en sazón. El deseo se fundamenta en el ser, y lo hace a través de la falta. Siempre teniendo en cuenta que «ser» no es lo mismo que «existir». Lo consistente del deseo no es lo que está ahí, sino lo que ha de advenir: soll Ich werden, para tomar la expresión de Freud. Entonces, el deseo se formula como reprimido, como verdad que se puede recuperar a medias, en la cadena significante. Y pues no existe, el deseo es inmortal…