Lacan, en la última etapa de su enseñanza, recurrió especialmente a la teoría de los conjuntos, y es interesante ver cómo en ella se encuentra un principio de limitación de la posibilidad del lenguaje. Precisamente esta limitación permite delinear ese más allá del principio del placer en el que Freud reconoce la pulsión y el movimiento de la repetición. Antes de que la teoría de los conjuntos fuese formalizada por Zermelo, los lógicos utilizaban lo que se denominaba principio de comprensión, es decir, la idea de que a cada propiedad debe corresponder un conjunto que reúna a todos, y únicamente, los objetos dotados de esa propiedad. Este principio es una forma de concebir una especie de omnipotencia de la lengua, es la idea de que basta con nombrar una cosa para que esta exista, realizando lo que en nuestros términos llamaríamos un Otro no barrado. La paradoja de Russell reveló, en cambio, que una propiedad no se corresponde necesariamente con la existencia de un conjunto, y que se manifiesta un exceso con respecto a lo que la lengua puede denotar. Es lo que podemos rastrear en el componente pulsional, en esa dimensión de la que surge el acontecimiento sexual, sustraído a la captura lingüística de la articulación demanda-deseo…
Debes acceder para ver el resto del contenido. Por favor Acceder. ¿Aún no eres miembro? Únete a nosotros