La inquietante extrañeza que J. Lacan presenta en el Seminario 23, provoca una cierta perturbación en el saber, en el saber epistémico que a veces se fantasea construir.

Vincular la extrañeza al concepto freudiano de Unheimlich resultaba una explicación suficientemente aprehensible: la experiencia de reencontrar fuera, de manera un tanto deslo-calizada del Otro, al goce más íntimo. Eso era en sí, una razón en la que creíamos, porque la angustia que suele introducir esa experiencia nos deja fijados ante lo que reconocemos como propio, eso tan ominoso como familiar que busca ser nom-brado. Lo reencontrado afuera presentificaba lo que estaba a la espera de elaboración. La extrañeza quedaba así enlazada a lo simbólico, gracias a la mediación de un real —el objeto que emergía— que no ofrecía escapatoria…

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