En el verano de 1913, Sigmund Freud paseaba por una florida campiña de los Dolomitas en compañía de Lou Andreas Salomé y del poeta Rainer Maria Rilke. La con-templación del esplendor que les ofrecía el paisaje produjo efectos distintos en cada uno de los paseantes. Ante semejante belleza, Rilke experimentó el amargo hastío del mundo, no pudiendo disfrutar de lo que de antemano sabía perecedero. Esa reacción llevó a Freud a escribir uno de sus artículos más conmovedores.
El término Unheimliche propuesto por Freud, puede tradu-cirse como «lo siniestro», a saber, aquello que siendo lo más familiar se torna en lo más extraño. Esta misma lógica puede aplicarse a la proximidad entre el horror y la belleza, siendo ésta el último velo que oculta la castración como pérdida. Todo es transitorio y destinado a perecer…