La experiencia del exilio solo tiene sentido en un mundo dividido y ordenado por fronteras, en un mundo en el que se distinga un lugar de otro lugar por una línea de separación, una línea de demarcación establecida de manera más o menos arbitraria. Solo la existencia de fronteras o de límites de demarcación hace posible que hablemos de exilios y de migraciones. Una frontera, sin embargo, no tiene nada de natural, no es un hecho explicable por ninguna diferen-cia real. Una frontera es un hecho simbólico, un hecho de lenguaje, hasta el punto de que la propia diferencia entre las lenguas se superpone a veces, aunque no siempre, a las fron-teras nacionales. Incluso cuando no se da esta superposición entre fronteras lingüísticas, la diferencia de acentos se apoya de alguna manera en el establecimiento de fronteras. El habla de dos pueblos vecinos no tiene el mismo acento, aunque ello solo sea perceptible, precisamente, por sus propios habitantes y no por habitantes de otros lugares. Esta frontera simbólica se percibe a veces únicamente desde el interior de estos lugares, que pueden parecer el mismo considerados desde un lugar extranjero…
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