Angélica Liddell (Figueres, 1966) es reconocida internacionalmente por el modo en que la belleza y lo abyecto se aúnan en sus obras teatrales. Su propuesta, deudora de la tragedia griega y del teatro de la crueldad de Artaud, posee un cariz confesional en el que el cuerpo y la vida de la artista configuran el material con el que construye su dramaturgia. La sensación que invade al espectador al presenciar la entrega con la que afronta sus obras es la de asistir a un acontecimiento vital para una autora que ha expresado en multitud de ocasiones que la escritura y el teatro es lo que le ha permitido no pegarse un tiro ni pegárselo a otro.
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