El devenir de una escritura poética —la escritura es poética o no es escritura— que organiza por añadidura una obra como la de Alejandra Pizarnik, autora que nos convoca, es un objeto literario arrojado al mundo, enajenado, cuyo efecto, podríamos decir, se desprende de la realización crea-dora del autor. Un objeto nuevo que a través del texto pasará a ocupar un espacio singular en el lector que en su lectura recoge. Pero que previamente, en el mismo proceso creador, se jugará para el autor en un desenlace diferente. Una trama que, en nuestra poeta, consideramos será a la vez de salvación fallida y de muerte. Un recorrido en el que sin descanso se interroga por los avatares del lenguaje con insistencia perturbadora, en el que se van trenzando el desconocimiento de sí como sujeto de la lengua; el silencio, del que dirá en Extracción de la piedra de la locura: «Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiem-bla»; y la anticipación de la muerte, a la que la poeta accede desdoblándose en voces diferentes y a través del espejo. Trama que fraguará en su escritura poética, sin que esta pueda finalmente, sostenerla…

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