“Las personas vienen a hablar a un analista especialmente de aquellas palabras que les han sido dichas, o que no les han sido dichas cuando lo esperaban. […] En el psicoanálisis se buscan esas marcas, marcas de palabra. Se las encuentra cuando se las ha olvidado, o cuando se recuerdan a menudo, encontramos la ocasión de explicitarlas, de comunicarlas, de ver las consecuencias a largo plazo”1.

“¡Diviértete!” podría ser una de esas palabras. La frase, en su alegre banalidad, evoca una escena plena de amor y confianza. Podemos imaginar que ha sido dicha en el umbral de la puerta de la casa a un niño que va feliz a reunirse con sus amigos. Pero cuando «¡Diviértete!» son las últimas palabras lanzadas por una madre a su hijo ya adulto antes de morir –y que eventualmente podrá decir a su analista–, entonces la frase adquiere toda la dimensión de una marca que absorbe2, tal como lo desarrolla Jacques-Alain Miller. Las palabras se convierten en alfileres que fijan al sujeto como una mariposa muerta, puro impacto del Che vuoi? enigmático del Otro, con la carga de ese requerimiento que combina goce y pulsión de muerte.

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