Tras su exposición en el Museo de Brooklyn en 1926, la obra La novia desnudada por sus solteros, aún,1 también conocida como El gran vidrio, de Marcel Duchamp, sufrió una importante rotura. El precursor del arte conceptual, lejos de considerar el accidente como una pérdida, la reparó cui-dadosamente y consideró esta contingencia como índice de la finalización de la obra. Indiferencia, hartazgo, encuentro… Posiblemente. Llevaba trabajando en ella desde 1915 —aun-que la había abandonado en 1923—, y esa circunstancia aza-rosa fue el punto de capitón que clausuró la creación de un particular objeto de arte al que, como nos recuerda Miller en el texto que abre este número, Lacan hizo referencia en el Seminario 17 cuando recuerda el «invento» de «su buen y difunto amigo Duchamp», y, comparándolo con el «contestatario» revolucionario de mayo del 6, hace alusión al soltero que se hace él mismo el chocolate,2 clara mención al molinillo de chocolate que constituye uno de los montajes fundamentales en el reino de los solteros de El gran vidrio (la parte inferior de la obra), cuyas connotaciones sexuales y mecánicas apuntan a una metáfora de la práctica onanista…
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